MISYON LANMOU

Archive for abril 2010

Puerto Príncipe, Haití- Fer parecía una máquina. Hizo cuatro dibujos en menos de 10 minutos. Se reía, gozaba, quería que le tomara fotos y más fotos. Me enamoré de sus colores, de las formas claras de su emoción, de sus dibujos abstractos y tan tiernos. Fer es el artista natural más talentoso que he visto en años.

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Gloribel Delgado Esquilín

Comunidad Cazeau, Puerto Príncipe, Haití

22 febrero 2010

Puerto Príncipe, Haití- Tenía 15 pinceles, 4 potes de pintura ,varias crayolas, una resma de papel en blanco y tres cajas de cartón que agarré de la basura. Yo no hablaba creóle y ellos no hablaban español. Pero teníamos muchas ganas de pintar y jugar. Y jugamos.

Nos sentamos en el piso de la iglesia Nostre Dame de Cazeau, en Puerto Príncipe, y comenzamos a comunicarnos con colores. Ellos repetían a coro: “rougeeeeeeeeee, bleauuuuuuuuuu, noirrrrrrrr”. Y me señalaban los colores con los dedos, mientras yo repetía como pude los colores en francés. Ellos no paraban de reírse y yo no paraba de gozar. Les expliqué con señas algunas instrucciones y comencé a pintar. Ellos no perdieron tiempo y se tiraron al piso a embarrarse.

Unos agarraron crayolas y dibujaron escuelitas, iglesias, casas con colores claritos, banderas haitianas gigantescas. Otros copiaban el dibujo de corazón que comencé a hacer en el medio de un cartón. Uno de ellos, Fer, dibujó la cara de un mono, una casita en rojo, otra en azul y muchos dibujos abstractos a una velocidad luz. Se paraba, corría hacía mí y me pedía que le tomara fotos. “Click”, otra vez “click”, otra vez.  Todos querían fotos y competían para ver quién dibujaba más rápido y se paraba frente a la cámara. Se ensuciaron la ropa, las manos, todo el piso y de pronto, hubo un silencio. Estaban todos concentrados. No sé cuánto tiempo pasó, pero desde ese momento supe, que regresaría a Haití muchas veces.

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Gloribel Delgado Esquilín

Puerto Príncipe, Haití

22 de febrero 2010

Puerto Príncipe, Haití– La primera vez que atravesé Puerto Príncipe no pude levantar mi cámara. Las imágenes me sobrecogieron. Había pasado más de un mes del terremoto y aunque la destrucción y los escombros eran evidentes, lo que marcó mi emoción, fue lo hermoso y contradictorio del paisaje. Se lo comenté a un amigo haitiano que viajaba  junto a mí, y no lo podía creer. “Tú ves mi país distinto a nosotros”, me contestó y seguí mirando por la ventana de la guagua, sin atreverme a tomar una foto. Aquello había que mirarlo con calma.

Escribí en mi libreta de viaje: “Bloques sin empañetar, estampados con flores kitsch, polvo, cajas cargadas en la cabeza, planchas de zinc aguantadas con piedras en techos mal puestos, mucho azul, lechones corriendo por las calles, cabritas, motoras y zapateros, señoras cargando cubos, un hombre se lava la boca en la calle, filas interminables de mujeres que sonríen, bloques por el suelo, más bloques, militares, los cascos azules de la ONU con sus rifles, un bebo, como de 4 años, que se agarra de la cintura de una mujer y la sigue, canastas en paja gigantescas, ropas con colores explosivos, basura por el piso, una señora como de 70 años mira fija la calle, la luz del sol que alumbra un cubo lleno de agua con una mujer que camina concentrada y seria, un tapón caótico, las guagüitas tap tap pintadas en mil colores y llenas de mensajes en inglés y creole: “Patience”, “Full Life, Full Love”, “Compas”, “Calme”, “Thank You Lord”, gente que camina entre escombros buscando algo, vendedores ambulantes de celulares y productos electrónicos bajo sombrillas coloridas, ropa secándose al sol, frutas en cestas de paja, gente con escobas rústicas limpiando las aceras, un edificio de tres pisos hecho un sándwich compacto, mujeres que caminan con la espalda derechita, ni un solo semáforo, vendedores de caña y platanutres, un adolescente con cara de niño carga un racimo de plátanos descalzo, un mercado lleno de cestas y vegetales, arroz, harina, habichuelas, gandules, una señora enorme come en el suelo, un montón de basura quemándose en una hoguera en la calle, un viejito agarrado a una pala que no pestañea, la palabra “solidarité” grafiteada en una pared a punto de desplomarse, un campamento de refugiados con la bandera canadiense , otro con la bandera venezolana, niños volando chiringas blancas”.

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Gloribel Delgado Esquilín

Puerto Príncipe, Haití

20 febrero 2010