MISYON LANMOU

Archive for junio 2010

Puerto Príncipe, Haití- Hay que verlos llegar. Con sus ojitos dulces, llenos de cosquillitas y melao. Nada tangible al gusto, pero mucho al sentimiento. Juguetones, a veces tímidos y serios, pero sobre todo, listos y dispuestos. Son esa cara de Haití que te traes de vuelta cuando el avión despega y ya quieres regresar. Rítmicos y rumberos, igualitos a un tambor que suena en Loíza o al repique de plena en algún barrio boricua. Escandalosos, sobre todo. Pura vida.

Te agarran por la cintura y se te arreguindan al corazón como si te conocieran de siempre.Y te conocen. Y los conoces. Porque son el Caribe mismo, ese que a veces, se nos borra de la memoria. Ese juego en peregrina de la infancia, esa risa contagiosa, esa inocencia en la mirada. Son el recuerdo de un país que tal vez se nos fue, en el Puerto Rico “deantes”, como cuentan las abuelas. En Puerto Príncipe se juega en pisos de tierra y con carritos de basura. Por las calles se construyen porterías de fútbol con latas y se vuelan chiringas blancas y negras, hechas de lo que encuentran.

Donde hay uno, siempre aparecen más. Como gotitas de agua que alimentan la tierra. Corren juntos, juegan juntos, se alimentan juntos. Si repartes dulces, aparecen las manitas, los empujones, la fila obligada del que espera. Pero si juegas sobre un piso anónimo y es hora de terminar, son capaces de agarrar la escoba y recogerlo todo. Eso, sin mediar una palabra.

Si pasas ciertos callejones en Puerto Príncipe, donde el piso está cubierto de basura y de los escombros que dejó el terremoto, verás la alegría. Detrás de una puerta de zinc o de cualquier sillita rústica en la vereda de alfrente, aparecen ojitos de mariposas, boquitas que tiran besos, miradas de asombro ante lo nuevo. Saltan las manitas que te saludan y corren detrás del carro para darte la bienvenida.

Si llevas tiza, te dibujan carros y corazones. Si le das cartón y pinceles, pintan flores, banderas, casas, iglesias, barcos y escuelas. Para jugar con ellos, cualquier cosa es válida, una lata, una piedra, un pedazo de tela o cualquier objeto que les haga volar la imaginación y olvidar lo que pasó. No esperan. No discriminan. No preguntan. Tienen las manos abiertas para comenzar, para construir, para dejar su huella.

Y cuando agarran confianza, que es pronto, verás cómo se ríen desde el estómago, en un lugar más abajo del hambre y la pobreza. En un sitio donde la miseria rebota lejos y lo que queda es el momento fijo, el instante. Pero también están los otros. Los de la mirada densa y caída. Los que no tienen padres ni madres, que a sus escasos años, son esclavos o son objetos del placer del que llega a venderlos, a prostituirlos, a satisfacer su animalidad.

Por esos, por los otros, por todos, es que hay que regresar, sabiendo que el terremoto abrió una zanja profunda en la tierra, que arrancó vidas y dejó heridas innombrables, pero también esa zanja abierta, dejó la opción de la siembra.

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Gloribel Delgado Esquilín

La autora es periodista, fotógrafa y maestra comunitaria. Gesta un proyecto artístico y de autogestión en comunidades haitianas, en la que se celebra la voz de la infancia y la de su gente. Info: gloribeld@hotmail.com

Publicado por DIALOGO DIGITAL EN SU EDICION ABRIL MAYO:

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